El mundo se derrumba y… La idea no figura en las profecías de Nostradamus, pero sucede que asistimos al desmantelamiento programado del edificio multilateral construido con esfuerzo tras la Segunda Guerra Mundial. La arquitectura legal que dio cobijo al mundo desarrollado colapsa. Las instituciones que a todos representaban se quedan mudas y desnudas. Se enseñorea la violencia. Renace de sus cenizas la vieja máxima romana si vis pacem, para bellum. Se pretende redirigir el planeta y ponerlo rumbo al caos climático. Las fronteras son papel mojado. La tierra no será para quien la trabaja, sino de quien la conquiste. La fuerza se impone a la razón y al derecho.
En el último año, un engreído protagonista, Donald Trump, ha dado la espalda a 66 organizaciones y tratados internacionales volcados en el cambio climático, energías renovables, migración, asentamientos humanos y organización mundial de la salud, entre otras, con el pretexto de que forman parte de una gobernanza global desconectada de los intereses nacionales estadounidenses. Su último movimiento de fichas en el ajedrez mundial, el secuestro de Maduro, es una atrocidad a los ojos del derecho internacional y un aviso para navegantes: mandan los cañones de la codicia. Cómo entender, si no, aún más allá de resarcir viejas expropiaciones, que ofrezca a Venezuela «paz» a cambio de petróleo y la obligación de comprar sin fin productos made in USA. Volvemos al colonialismo.
De suceder, la Unión Europea, acosada por el Este y ninguneada desde Washington, reconocería su pusilanimidad, quizás mansedumbre
En la cabeza de este dirigente, de cuyo nombre preferiríamos no acordarnos, bulle la idea de sumir en la oscuridad a Cuba, intervenir en Irán y hacer algo en Groenlandia «por las buenas o por las malas». Por las buenas, pagando con dinero en mano, idea que sus habitantes desechan; por las malas, rompiendo la OTAN, para gozo de Putin y lamento europeo. De suceder, la Unión Europea, acosada por el Este y ninguneada desde Washington, reconocería su pusilanimidad, quizás mansedumbre, entre lamentos y golpes de pecho recordando «qué gran vasallo si tuviese buen señor». La cuestión existencial reside en descifrar si el conglomerado europeo es de verdad una unión y se muestra como tal capaz de hacer frente a esa amenaza «amiga».
La esperanza de futuro, sin embargo, no se pierde a pesar de los autócratas. «El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos» es el epílogo a un noviazgo de dos décadas entre la Unión Europea y cuatro países de la otra América para construir Mercosur. Un espacio para el comercio libre entre 720 millones de consumidores. Un modelo en las antípodas del trumpiano y que intenta construir, aun con problemas de envergadura, un futuro multilateral de progreso. Mercosur es una invitación al mundo empresarial para combatir la mayor de las incertidumbres que ahora pesan sobre su ánimo: que el mundo pare o explosione. Por fortuna, cuando se cierra una puerta, se abre una ventana.