Leo en cada número de esta publicación la columna de contraportada o cierre distinguida con el nombre de ‘Cámara de combustión’, elemento esencial de la mecánica de un coche. Así la define la Real Academia (RAE): en los motores de explosión, espacio libre entre la cabeza del pistón y la culata, donde se produce la ignición de los gases. Más a pie de calle, la fábrica del movimiento del vehículo.
‘Cámara de combustión’ comparte con el ‘Arrieros somos’, de mi responsabilidad, un bonito duelo de longevidad. Ambas columnas marcan, cada una en su página, el paso acompasado en desfile durante cada uno de los setecientos siete números que, con éste, La Tribuna de Automoción ha acudido a la cita con los lectores. Una coincidencia sostenida en el tiempo que comparte aristas pasionales con el gran clásico futbolero, eso sí, lejos de los piques que desbordan la sana rivalidad. Es más bien una convivencia hecha costumbre.
Cámara y arrieros han volado cada una a su libre albedrío con el aleteo de sus plumas y ocurrencias. Sé de lo que hablo. En ese bonito capicúa del 707 mi experiencia confiesa que ni una coma ni una palabra, se han movido, por acción censora o de corrección política, del lugar en que se colocaron en el manuscrito original. Todo ha seguido un protocolo de corta y pega, como aval de la confianza que, siento con orgullo, se me ha otorgado en la sala de mandos de este buque. Y eso que muchas veces, como díscolo innato que soy, me ha dado por la heterodoxia editorial.
Es un ejemplo de cátedra del ejercicio periodístico, de la práctica que debe, y así tiene que ser, de un oficio de curiosidad y cotilleo bastante más allá de la morbosidad
El protagonismo lo quiero focalizar en la columna de cierre, y más concretamente en la de hace dos números. He considerado su contenido como una guía atinada de reflexión más allá del objetivo sectorial del automóvil, su razón de ser. Es un ejemplo de cátedra del ejercicio periodístico, de la práctica que debe, y así tiene que ser, de un oficio de curiosidad y cotilleo bastante más allá de la morbosidad, del insulto recurrente y de la noticia opinada o editorializada colindante con la mentira, ingredientes dominantes en los hornos de cocción informativa hoy en día.
Dar con los dardos en la diana es la culminación del rigor informativo y en este ejemplo se ha hecho pleno. ‘Cámara de combustión’ se ha vestido con el protocolo de una etiqueta de altos vuelos, el que correspondía a un cierre anual de ejercicio que fue el de la efeméride de su treinta aniversario. Ese título: El lujo de tener IA particular es un compendio del poder imparable del cerebro humano, paradigma de la inteligencia natural, trabajando frente a la impostura de la artificiosidad que es el algoritmo. Cercanía metafórica de la calidez del intelecto frente a la tiritona de un instrumento concebido para el acoso y derribo del pensamiento humano.
La columna compañera pese a habitar en páginas distintas, y con la larga distancia por medio entre el comienzo y final ordinales de cada número, nunca renunció a cierta frivolidad, recurso de despresurización ante el alud de datos y declaraciones de un sector obligado a trabajar con ellos a velocidad de crucero. Era como pasar el quitamigas por el mantel que cubrió una opípara comida y una fecunda bebida para desatar la lengua de comensales en la sobremesa. Bienvenidos fueron los interrogantes abiertos como pasatiempo sobre movimientos y travesuras de protagonistas del sector. No faltó el aguijón necesario para el picotazo del buen periodismo, aunque, como en la avispa o la abeja, perderlo era empezar a morir.
‘Cámara de combustión’, desde el principio, ha sido un testimonio sin firma, pero con la habilidad de ni pretender ni parecer el editorial de la publicación. Más de uno me dijo que ese proceder era el de la cobardía de tirar la piedra y esconder la mano. Disentí. Esos escritos estaban ahí para divertir o para escocer desde las muchas veces indefinible atalaya de las alusiones. Me apoyo en otro refrán: «El que se pica, ajos come». Fue un cóctel entre ironía, lectura entre líneas, y por qué no decirlo, el desahogo defensivo contra alguna triquiñuela de otras trincheras sectoriales.
La columna 705 de la Cámara me ha dejado el buen sabor de boca de desfilar al paso con la de Arrieros, en la recuperación de un periodismo (del motor) con alma.