Paulo Gómez. CEO y cofundador de WAIIS
Quedan apenas unos meses para que las empresas afectadas tengan listos sus planes de movilidad sostenible al trabajo. El 5 de diciembre de 2026 vence el plazo para que los centros con más de 200 personas trabajadoras, o 100 por turno, dispongan de un plan destinado a reducir el impacto de los desplazamientos de sus plantillas.
La Ley de Movilidad Sostenible plantea un abanico amplio de posibilidades: transporte colectivo, movilidad activa, teletrabajo cuando el puesto lo permita, vehículos de bajas emisiones y soluciones de movilidad compartida y colaborativa, pero el verdadero reto no será aprobar un documento, sino conseguir que sus medidas funcionen cuando salgan del papel y se enfrenten a la realidad de cada centro de trabajo.
La norma exige, además, que estos planes se negocien con la representación legal de los trabajadores y sean objeto de seguimiento, por tanto, no deberían entenderse como una fotografía estática que se archiva una vez aprobada, sino como herramientas vivas que deberán evolucionar a partir de datos reales sobre cómo se desplazan las plantillas.
No todos los trabajadores tienen las mismas alternativas; para quien trabaja en el centro de una ciudad, dejar el coche puede ser relativamente sencillo, para quien entra a las seis de la mañana en un polígono industrial, trabaja por turnos o debe llegar a un centro logístico sin conexión directa de transporte público, no siempre existe una opción razonable.
Conviene no perder de vista la dimensión del problema. Según el Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía, en España se producen más de 40 millones de desplazamientos diarios por motivos laborales. El 60% se realiza en coche y más del 60% de los vehículos que circulan llevan un solo ocupante.
Por eso, no creo que el debate deba plantearse como una batalla contra el coche. El vehículo privado seguirá siendo necesario para una parte importante de los trabajadores, la cuestión es qué hacemos con esa dependencia y cuánto margen existe para convertir esos desplazamientos en una movilidad más eficiente.
Habrá empresas para las que el teletrabajo tenga recorrido, otras podrán mejorar la conexión con el transporte público, organizar rutas colectivas o adaptar horarios. La electrificación de las flotas también será una pieza importante de la transición, todas son medidas válidas, pero ninguna funciona por sí sola ni resulta aplicable a todos los centros de trabajo.
Para el sector del renting y la gestión de flotas, esta nueva etapa obliga a incorporar una variable adicional. La sostenibilidad de una flota no debería medirse únicamente por la tecnología, las emisiones o la antigüedad de sus vehículos, sino también por el uso que hacemos de ellos. Un coche de bajas emisiones con una sola persona reduce su impacto ambiental, pero continúa ocupando el mismo espacio y puede estar duplicando un recorrido que otro vehículo ya realiza.
Hay una alternativa que puede encajar precisamente donde otras encuentran más dificultades: compartir el trayecto. Si más del 60% de los coches que circulan llevan a una sola persona, existe una capacidad disponible que apenas estamos utilizando: los asientos libres. No hace falta poner otro vehículo en circulación ni construir una nueva infraestructura, basta con conseguir que dos personas que hoy realizan el mismo recorrido por separado puedan hacerlo juntas.
Hasta hace poco, trasladar esta idea a una plantilla grande resultaba complicado. Dependía de que los trabajadores se conocieran, vivieran cerca y coincidieran en horarios. Hoy la tecnología permite analizar los patrones de desplazamiento de una plantilla, detectar coincidencias que no son evidentes y organizar trayectos entre personas verificadas sin que cada trabajador tenga que buscar y coordinar manualmente a sus compañeros.
Es el terreno en el que se está trabajando, la recogida automatizada de información permite elaborar planes más ajustados a la realidad de cada empresa, pero también mantener un sistema de movilidad del que puedan extraerse datos actualizados sobre rutas, horarios, participación y evolución de los desplazamientos.
Hay otra cuestión que las empresas deberían empezar a mirar con mayor atención: la movilidad no termina en la puerta de su centro de trabajo. En un mismo polígono pueden coincidir trabajadores de distintas compañías procedentes de los mismos municipios y con horarios similares. Si esa demanda se analiza de manera conjunta, las posibilidades de compartir trayecto aumentan considerablemente.
La Ley de Movilidad Sostenible puede ser, por tanto, algo más que una nueva obligación, puede ayudarnos a dejar de entender la movilidad como una suma de decisiones individuales, cómo llega cada empleado a su puesto, y empezar a abordarla como el problema colectivo que realmente es.
No conseguiremos que todos los trabajadores dejen el coche en casa, ni sería realista plantearlo así, pero sí podemos evitar que algunos de los vehículos que hoy hacen por separado exactamente el mismo recorrido tengan que seguir haciéndolo. La movilidad sostenible es conseguir que el coche que todavía necesitamos lleve a más personas.