Hace unos años leí un libro denso, pero sumamente interesante, titulado ‘El mundo está en venta’, de los autores Javier Blas y Jack Farchy. La obra gira en torno al poder oculto de las grandes comercializadoras de materias primas y de cómo condicionan la política, la economía y, en la práctica, la vida cotidiana de todo el planeta.
Estas grandes comercializadoras compran, almacenan, transportan y venden materias primas (petróleo, gas, metales, cereales, etc.), un negocio que mueve en torno a un tercio de la economía mundial.
El libro también documenta cómo estas empresas se saltan embargos y leyes, se aprovechan de guerras y situaciones de extrema vulnerabilidad estatal, y negocian con tiranos, oligarcas y milicias para asegurar suministros y cerrar acuerdos.
Me ha venido a la memoria esta obra después de leer un reportaje en la edición europea de Político, en el que se cuenta cómo, debido a la costumbre imperante en el Viejo Continente de exportar aquellos bienes que han quedado obsoletos o que simplemente están al fin de su vida útil, como, por ejemplo, los automóviles, se está desperdiciando una fuente inmejorable de materias primas como cobre, platino, acero o incluso litio, cobalto o níquel -procedentes de las baterías de los primeros híbridos que hubo en Europa-, que precisamente son tan cruciales para industrias clave europeas como las energías limpias o la tecnología militar. Y todo ello ocurre delante de nuestras narices.
Europa, abanderada de la economía circular y que es un continente pobre en materias primas y muy dependiente en ese punto de China deja escapar metales vitales para su economía industrial
Según se cuenta en el citado artículo, se estima que cada año se exportan desde Europa más de 800.000 vehículos que han llegado al final de su vida útil en la UE, pero no así en sus destinos finales, mayormente países africanos, donde se les pierde el rastro. Muchos de esos vehículos vuelven a circular y otros muchos terminan desguazados, y los metales son adquiridos por empresas chinas.
Por resumirlo: Europa, abanderada de la economía circular y que es un continente pobre en materias primas y muy dependiente en ese punto de China -que controla esos eslabones críticos de la cadena de valor-, deja escapar metales vitales para su economía industrial, y de esa falta de visión se beneficia el gigante asiático, que, al poco tiempo, nos volverá a vender esos metales que ya habíamos comprado hace años. Parecemos primos… Digo yo que habría que hacérselo ver, ¿no?