Javier Goikoetxea, CEO de Next Mobility. El debate sobre el coche autónomo se está centrando en el robotaxi urbano. Es lógico: es la imagen más visible y mediática. Pero la verdadera cuestión estratégica para Europa no es solo quién desplegará antes vehículos sin conductor en una ciudad, sino quién controlará el modelo económico que se construye alrededor de esa tecnología.
La conducción autónoma no es simplemente una innovación técnica. Es una transformación estructural de la cadena de valor del automóvil. El vehículo deja de ser un producto mecánico para convertirse en una plataforma digital, intensiva en datos, software y capacidad de actualización continua. La ventaja competitiva ya no estará únicamente en la fabricación, sino en el algoritmo, en la gestión del dato y en la capacidad de integrar servicios.
En este contexto, el sector de flotas y renting no es un espectador, sino un actor clave. Las compañías que gestionan flotas trabajan desde hace años con métricas de coste por kilómetro, análisis de TCO, mantenimiento predictivo y optimización operativa basada en datos. La incorporación progresiva de autonomía -aunque inicialmente sea parcial- encaja de forma natural en esa cultura empresarial. No se trata únicamente de sustituir un conductor, sino de redefinir eficiencia, seguridad, planificación de rutas y control del activo.
El problema es que Europa sigue avanzando con una cautela regulatoria que se traduce lastimosamente en pérdida de liderazgo en la carrera por capitalizar la puesta en marcha de la tecnología. Mientras en Estados Unidos se prueba, se ajusta y se mejora la tecnología en condiciones reales de mercado, y en China se escala con rapidez industrial y respaldo institucional, la Unión Europea mantiene un marco que apenas permite autonomía de nivel 3 (capacidad del vehículo para conducir por sí mismo en determinadas condiciones, pero con obligación de que el conductor esté disponible para retomar el control cuando el sistema lo solicite) en escenarios muy concretos. Eso limita la experimentación y retrasa la generación de economías de escala.
Para el sector de flotas, esto no es una discusión teórica. Si los estándares tecnológicos, los modelos operativos y las plataformas digitales se consolidan fuera de Europa, las empresas europeas acabarán adoptando soluciones diseñadas en otros mercados. De nuevo no lideraremos la transformación; volveremos a depender de ella, y por ende, de otros países y bloques geopolíticos.
La transición hacia la autonomía será gradual. Convivirán sistemas asistidos, conducción humana y mayores niveles de automatización. Pero el debate relevante no es cuándo desaparecerá el conductor. Es quién capturará el valor añadido de esa evolución tecnológica. Europa tiene capacidad industrial, talento técnico y un sector de flotas altamente profesionalizado. Lo que está en juego no es la posibilidad de participar, sino la ambición de liderar. Porque en movilidad, como en cualquier revolución tecnológica, quien define el estándar termina definiendo el mercado.
Liderar requiere asumir riesgo, experimentar y ejecutar. De lo contrario, volveremos a ser espectadores de una revolución que otros ya están capitalizando. Hoy España y la Unión Europea están fuera de esta transformación industrial, tecnológica y social. Sin un volantazo en las políticas comunitarias, seguiremos llegando tarde y dependiendo de China y EE. UU.